Volar ya no es un lujo, por lo que alimentar con combustible a los aviones en Santiago sigue siendo un desafío. Entre oleoductos frenados por protestas y camiones que multiplican los riesgos, el aumento explosivo de pasajeros en Chile choca con una infraestructura que no despega.
No es novedad que la clase media chilena no es la misma de hace 30 años.
Hoy tener un automóvil es visto como algo normal. Lo mismo ha pasado con los viajes fuera del país.
Para quienes crecimos en los 80, andar en avión era un lujo reservado para gente del barrio alto. Sin embargo, hoy con las nuevas tarifas y el deseo de mucha gente de conocer otros países, se ha vuelto un bien de consumo universal.
Según fuentes, el año 2019, en Chile llegó a la cifra récord de 21 millones de pasajeros.
Después de la pandemia, los chilenos volvimos a subirnos a los aviones para llegar el 2023 a 25 millones de pasajeros. Más pasajeros que toda la población chilena.
Esto es un aumento 8 veces mayor a los años 90.

Pero, ¿cómo se alimentan de combustible los aviones que nos trasladan a lugares tan mágicos como Machupichu, el sudeste asiático o Rio de Janeiro?
La ruta del combustible
Así como los autos, los aviones también necesitan combustible para funcionar.
Pero la diferencia es que los aviones no usan bombas tradicionales, ya que es necesario llevar el combustible al lugar donde están los aviones, es decir, el aeropuerto.
Parece muy obvio, pero no lo es, ya que los aeropuertos son infraestructuras muy difíciles de cambiar de lugar, por lo que es necesario resolver la forma más eficiente de llevar combustible a donde están los aviones.
La primera forma es a través de tubos subterráneos (oleoductos).
Existe un consorcio de empresas encargadas de mantener esta red de cañerías subterráneas, llamada Sonacol.
Como dato, SONACOL no solo lleva combustible para los aviones del aeropuerto, sino que sus cañerías alimentan el 98% de todos los combustibles que se venden en Santiago.
Esto es, prácticamente todo el combustible que usamos para automóviles, motos, estufas a gas, gas natural, kerosene y todas sus variantes.




Los tubos subterráneos van desde Quintero a Maipú, San Fernando a Maipú y de Maipú al Aeropuerto, por nombrar sólo algunos.




Pero no todo son cañerías.
La otra alternativa son los camiones.
Un buen ejemplo de esto es el aeropuerto. Como las cañerías no dan abasto, unos 500 camiones diarios se usan para poder mantener la demanda de viajes aéreos.
Estos camiones usan las principales autopistas y caminos, transportando combustible altamente inflamable, generando congestión vehicular, contaminación de polvo en suspensión y peligro de accidentes.
Esto se quería evitar con la segunda etapa del proyecto SONACOL, creando crear una segunda línea de oleoducto a la ya existente entre la planta de Enap en Maipú y el aeropuerto.
Tiempos de campaña
Una vez conocido el proyecto, hace 11 años, vecinos de sectores como El Abrazo y la Ciudad Satélite comenzaron una campaña para echar abajo el proyecto o, al menos, cambiar su ruta.
A los vecinos se sumaron autoridades y políticos unidos contra una causa que logró reunir a personas con los pensamientos más diversos bajo una misma bandera.
Algo en lo que incluso los alcaldes Cathy Barriga y Tomás Vodanovic estuvieron de acuerdo, ya que ambos contrataron a la fundación ONG Fima para oponerse a este proyecto.
Desde el Partido Comunista a la UDI, las autoridades de la época cerraron filas con los vecinos.




Esto llevó a presentar una batería de escritos ante distintas instancias para retrasar, cambiar o derechamente eliminar el proyecto.
La principal propuesta vino de la Coordinadora No al Oleoducto, que ofrecía una ruta alternativa.
La empresa presentó también sus argumentos:
“En los sectores de intervención urbana, Sonacol utiliza el mismo corredor energético donde se encuentran oleoductos en operación desde hace 60 años sin ningún incidente, y que transporta la totalidad de los combustibles que se consumen en la Región Metropolitana. Esta medida va en línea de lo recomendado por la autoridad, y evita el uso de terrenos o cambios de uso de suelo”, según citó La Batalla el año 2018.
Un cambio en el trazado también venía con un aumento de los costos estimados en un comienzo.
A pesar de esto, el proyecto logró vencer todos las dificultades legales, incluidas las interpuestas por la Municipalidad de Maipú e incluso tuvo el visto bueno de la Corte Suprema, el tribunal más importante del país.
Pero esto no fue suficiente.
Debido a estos retrasos , el proyecto no pudo comenzar sus obras en la fecha estimada. Y ese fue el argumento que usó la diputada Viviana Delgado para solicitar la caducidad de la resolución exenta del año 2019.
Ex Partido Ecologista, hoy militante del Partido Liberal, Delgado comenzó su carrera como activista ambiental formando parte de la cruzada contra el nuevo oleoducto.
El destino quiso que fuera ella misma la encargada de dar la estocada mortal al proyecto.
Delgado junto a Ericka Ñanco, Ana María Gazmuri, Félix González y Hernán Palma forman parte del grupo de diputados más duros contra la idea de eliminar la llamada “permisología”.
Como dato, Chile dejó de invertir unos 22 mil millones de dólares sólo el año 2022 debido a retrasos como el proyecto Sonacol.




Nos quedamos con los camiones
Se espera que para el 2028 hayan 32 millones de pasajeros que viajen en avión en Chile, lo que significa un 28% más de demanda de la actual.
Por lo que veremos más camiones circulando con combustible por Camino a Melipilla y las autopistas entre Maipú y el aeropuerto de Santiago.
Algunos estudios estiman que cuando se transporta combustible con camiones la tasa de accidente puede llegar a ser 30 veces mayor que cuando se usan oleoductos.
Usar camiones incluye riesgos como vuelcos, incendios, choques, entre otros.
Si bien los oleiductos también presentan peligros, con la tecnología actual estos deberían ser muy acotados.
Al menos, más acotados que oleoducto subterráneo que ya existe desde Maipú al aeropuerto, lo cual, en teoría, es un peligro mayor a la creación de una segunda línea con mejor tecnología.
Sin duda, el fin del proyecto bajo el slogan “No a Sonacol” fue un triunfo ciudadano.
Pero un triunfo contradictorio con las demandas de consumo de esos mismos ciudadanos, que aumentan sus viajes dentro y fuera de Chile en avión, lo que sube la demanda y aumenta la competencia por precios más bajos.
En este sentido, el fenómeno de No a Sonacol es similar a lo que sucede con proyectos como las cárceles, los rellenos sanitarios (basureros) y las plantas de tratamiento de aguas servidas: todos lo necesitan, pero nadie los quiere cerca.
Por un lado, los vecinos aumentan sus demandas de consumo, pero por otro lado no aceptan las consecuencias de estas alzas.
Además, en tiempos de campaña, hay una mayor tentación a que la política levante banderas ciudadanas para ser más popular, como sucedió con muchas figuras política en los proyectos de retiros de fondos.
Después de experiencias como el estallido social y los intentos de nuevas constituciones, queda abierta la pregunta si los reclamos ciudadanos son siempre positivos.
Especialmente, cuando las causas ciudadanas son tan sensibles de ser utilizadas por partidos y figuras políticas, creando una espiral de emociones difíciles de contener.
Por ahora, al menos en Maipú no habrá un nuevo oleoducto.
Y si mientras algunos sacan cuentas alegres, la evidencia muestra que el transporte de combustible desde Maipú al aeropuerto no ha mejorado, sino más bien va a empeorar en los próximos años.
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