Se normalizó: ¡el 80% cree que se usan para vacaciones encubiertas! ¿Quién paga el pato? Tú, yo, el sistema de salud. 💸
Hay ciertos males sociales que se instalan sin hacer mucho ruido. No son espectaculares, no salen todos los días en los noticiarios, pero terminan por pudrir desde dentro los sistemas que intentan sostener una vida común más justa y ordenada. Uno de esos males fue y es el abuso de las licencias médicas.
Según una encuesta de Cadem, un 80% de las personas cree que el mal uso de las licencias médicas ocurre tanto en el sector público como en el privado. Y es que ya no se trata de casos aislados: es un fenómeno normalizado. Se ha vuelto costumbre que algunos empleados “pidan licencia” para tomarse vacaciones encubiertas, trabajar en otros lugares, o simplemente evitar cumplir con sus responsabilidades. Y lo peor: muchas veces esto ocurre con la complicidad tácita de quienes los rodean. “Total, todos lo hacen”.
La Comisión de Salud del Senado ha levantado la voz ante el preocupante aumento de licencias emitidas y las dificultades que enfrenta la COMPIN (Comisión de Medicina Preventiva e Invalidez) para fiscalizar efectivamente. La falta de recursos, la burocracia y la alta judicialización del sistema han abierto un espacio gris en el que el aprovechamiento personal se vuelve más rentable que el cumplimiento honesto del deber.
¿Quién paga esa licencia falsa? El Estado. Es decir, todos nosotros. Es el sistema de salud que se sobrecarga, las listas de espera que se alargan, los turnos que se redistribuyen, los fondos que se diluyen. Pero también es el colega que tiene que hacer doble pega. El jefe que se desespera. El paciente que no encuentra atención. Y así, en cadena, lo pequeño se vuelve estructural, y lo personal se vuelve político.
Pero la raíz está más cerca de lo que creemos
No se trata solo de grandes fraudes ni mafias médicas (aunque es posible que existan y esto debiese ser investigado). El problema real está en la microdecisión cotidiana. En esa justificación interna de que “una semanita más no le hace daño a nadie”. En la frase “me la merezco”, usada como escudo para disfrazar un abuso.
Chile tiene una relación complicada con las reglas. A veces se cree que la astucia (el winner, el vioh’, el avispao’, el choro) está en ver cómo saltárselas. Que el inteligente es el que encuentra la vuelta, no el que cumple. Que el que hace trampa “se la sabe por libro”. Esta lógica nos ha hecho daño, mucho daño.
Porque hacer lo correcto es difícil. Más difícil que buscar el atajo. Más difícil que ceder al cinismo. Pero es precisamente por eso que tiene valor.
La solución está donde siempre ha estado: en cada uno de nosotros
Podemos tener mejores sistemas de fiscalización, más tecnología, más sanciones. Pero nada reemplaza el criterio ético personal. La decisión íntima de no ser parte del problema. La determinación de no aprovecharse porque simplemente está mal.
Cada licencia médica falsa debilita un poco más la confianza en el otro. Y sin confianza, no hay comunidad que se sostenga.
La solución no vendrá solo desde el Senado, ni desde la COMPIN, ni desde las campañas del Ministerio. Empieza en el trabajo, en la casa, en el momento en que uno decide decir que no. Que basta. Que esto no es chistoso ni normal. Que es simplemente lo incorrecto.
Y que lo correcto, aunque suene incómodo, también puede volverse costumbre.


